
El 2 de junio de 1966, cuando era trasladado desde Santoña a Madrid para un juicio, entre Fromista y Piña de Campos, se tiró de un tren en marcha. En la caída se rompió el antebrazo derecho, que se recolocó, y cruzó, como pudo, el canal de Castilla, donde casi se ahoga; lo cuenta en sus memorias y atribuye su pericia para enderezar huesos rotos a que había sido pastor. Más adelante, cuando se entablille la rotura con un aparejo de fortuna, dará la misma razón: fui pastor, nos dice, «lo había hecho con ovejas y cabras». Doce días después es detenido. La Dirección General de la Guardia Civil comunica lo siguiente (si puedes, léelo con la voz de Matías Prats en el NO-DO): «En las primeras horas de la tarde del día de hoy, fuerzas del Subsector de Tráfico de la Guardia Civil, en colaboración con las de la 207.a Comandancia, han detenido, en la finca Casablanca, del término municipal de Forfoleda, a unos 30 kilómetros al norte de Salamanca al tristemente célebre quinqui Eleuterio Sánchez Rodríguez apodado “el Lute”. Dicho individuo ha sido conducido a Madrid, con lo que ha quedado finalizada la conducción, que quedó interrumpida al tirarse desde el tren en las últimas horas de la tarde del día 2 de los corrientes».
Hacia finales del segundo curso elemental, en el Colegio Francés, vi por primera vez esta foto en un periódico. Tenía nueve años y no me la he quitado de la cabeza desde entonces. Estaba agazapada y ha vuelto como una tormenta sin lluvia, una furia estéril. Llevo unos días tras los espacios y las cifras, los papeles que me permitan conocer la razón de esta resurrección. Como si persiguiera una melodía que no se va de la cabeza, he leído la autobiografía; donde relata la fuga; he consultado periódicos de los primeros quince días de junio de 1966; he seguido mapas y, en muchas bifurcaciones, he intentado conocer los motivos que le llevaron a tal o cual derrotero. Da igual, casi sesenta años después de la nota de la Guardia Civil, no sé qué decir, pero una idea viene y va, se queda ahí como el silbido de una respiración asmática: un mes y medio antes, el Lute había cumplido veinticuatro años.
No me resisto a repetirlo: la gente es muy vieja en las fotos viejas. No es así, va de ricos y pobres, pero prefiero imaginar ese pasado de mis padres construido por gentes envejecidas. No encuentro ninguna foto de mis veinticuatro años. Hay cajas en el trastero que no he mirado todavía. Quisiera asegurarme de que no parecía tan viejo, pero, a falta de pruebas, lo doy por seguro: al inaugurar los ochenta del siglo pasado, el gran cambio fue que la gente dejó de parecer más vieja en las fotos.
Tras salir del canal, camina una veintena de kilómetros hasta Carrión de los Condes. Come lo que consigue en las huertas y pasa la noche en una caseta. Así continuará diez días y cien kilómetros, en los que sigue más o menos el camino francés a Compostela. No puedo evitar imaginarlo como un peregrino. En su diario de peregrinación Anne Carson anota en Carrión de los Condes: «“A usted le apasionan las personas que son hostigadas”, Dan dice sir Hugo a Daniel Deronda en una novela que alguna vez leí». Me apasionan las personas que son hostigadas. En León consigue ropa y calzado, roba una moto y decide ir hacia lugares conocidos. Eso le perderá.
Entre las razones que da la gente para peregrinar, una frecuente es la búsqueda de uno mismo. Me extraña esa insistencia trivial: no hay forma de no encontrarse a uno mismo; basta con ir. Cualquier destino lo fabricas y, al final, estás tú. Buscamos lo que ya hemos construido: a nosotros. No hay nada más al final del viaje. El Lute se encontró además con una pareja de la Guardia Civil que, «al darse cuenta de la dificultad de una persecución sin recibir nueva ayuda, comunicó al puesto de Calzada de Valdunciel». Dos parejas a caballo salieron a buscarlo, mientras la noticia llegaba por radio a la 207.a Comandancia. El Lute aguantará todavía doce kilómetros. Cuando las patrullas armadas lo cercan tras una tapia derruida, próxima a una cabaña de pastores, se rinde. «Los guardias civiles de Calzada de Valdunciel se acercaron a caballo y consiguieron la detención, a la que El Lute no opuso resistencia. “¡Soy El Lute, soy El Lute!”, gritó.
En la película de 1987 salta del tren en el minuto noventa del metraje y lo detienen en el ciento diez. Veinte minutos de libertad para esta persona hostigada, para esta foto. El viaje acaba y uno se encuentra a sí mismo; no es posible acabar de otra manera, encontrar a otros, por ejemplo, o no encontrarse, o poder seguir río arriba, continuar el camino. Al final siempre estás tú, miras a la cámara, eres más viejo.