La belleza es común

En 1923 Borges publica el poemario Fervor de Buenos Aires. En su prólogo («A quien leyere»), escribe: «Si las páginas de este libro consienten algún verso feliz, perdóneme el lector la descortesía de haberlo usurpado yo, previamente», y declara al poco: «Nuestras nadas poco difieren». La fortuna le ha hecho redactor y a nosotros lectores. Es su primer libro.

Casi medio siglo después en el prólogo de Elogio de la sombra, dice explícitamente: «Tal o cual verso afortunado no puede envanecernos, porque es don del Azar o del Espíritu», y concluye: «en este mundo la belleza es común». Hay una continuidad verbal: feliz, afortunado, azar. Borges explora la etimología conceptual y añade una asimetría: los aciertos no son nuestros; los errores sí. El poeta se responsabiliza de sus fracasos, no de sus mejores versos.

En la primavera de 1973 dicta dos conferencias en Madrid, ahí dirá: «la belleza no es un hecho extraordinario, que la belleza es común», añadirá que todo hombre puede alcanzarla. Dice conocer malos poetas y que aun éstos tienen versos dignos de recuerdo. Se permite suponer que entre sus libros quizá se rescaten «dos o tres líneas» porque «El tiempo es el mejor antologista». También dirá que el hecho de que la belleza sea común no quiere decir que los poetas son iguales. La belleza dirá, es más frecuente en Dante que en Borges. Nadie está metafísicamente excluido de la belleza y puede alcanzarla, Dante a menudo. Será en esta misma conferencia donde nos recordará la máxima clásica de que no hay libro tan malo que no tenga algo bueno para inferir que ningún poeta está excluido de la belleza. El gran poeta puede escribir malos versos; el mal poeta puede escribir uno excelente.

En 1972, en el prólogo al El oro de los tigres, añadirá una idea: «Para un verdadero poeta, cada momento de la vida, cada hecho, debería ser poético», lo que quizá nos permita entenderlo: cualquier poeta puede alcanzar la belleza porque cualquier instante, cualquier asunto, pueden ser poéticos. En la conferencia de Madrid nos dirá cómo eso explica poemas como «Al iniciar el estudio de la lengua anglosajona».

En 1985, en el prólogo a ese libro bellísimo que es Los conjurados, Borges reiterará antes de ofrecernos los últimos poemas (morirá en junio de 1986): «la belleza, como la felicidad, es frecuente». No hay un día en el que no estemos algún instante en el paraíso. Cualquier poeta, nos dirá, ha escrito el mejor verso de la literatura; la belleza no es privilegio de unos pocos.

El círculo se ha cerrado. El muchacho de 1923 se ha convertido en un anciano que cree que la belleza y la felicidad sobrevienen con harta frecuencia. Un anciano que ha empeñado una vida en demostrar una metáfora apenas intuida.