Preliminares
Más allá del puente de Deusto vaya a donde vaya echo en falta una guía de viajes. He leído antes de venir los libros que he encontrado en la biblioteca, pero no había una guía como tal, he debido meterla en alguna caja. Entre lo encontrado me quedo (uno me lo he traído) con tres de Cunqueiro: La cocina cristiana de Occidente, Viaje por los montes y chimeneas de Galicia y Merlín y familia; otro es un capítulo de Las rosas de piedra de Llamazares que trata de Compostela. Me gustaban mucho las guías de Lonely Planet con todo aquel texto, las echo de menos, supongo que habrá alguna accesible, pero ya no me tomo la molestia de mirar en la sección de viajes de las librerías.
Día primero
Una vez aquí y más allá de los libros leo el artículo «Galicia, ¿es o no tierra de santos?», de principios de 2010 en El Correo Gallego, dice: «el proceso de canonización es imparable». Aunque ayer visité las iglesias de mayor fuste, buscar santos me parece un plan inmejorable, siempre hay un mínimo momento para un santo de provincias. Encuentro a Santa Quiteria, San Pelayo, San Rosendo, Santa Marina y San Froilán. Galicia sextuplica en santos a Bizkaia y no es ni dos veces y media su población, buena gente en general al parecer. Vizcaíno solo recuerdo uno (al que, por cierto, agradecí sobremanera que la salida de Bilbao hacia Santander estuviera casi vacía un lunes). Santa Marina se celebra el 18 de julio que ya son malas fechas. Es tiempo de sardinas: «por Santa Marina, boga e sardina». No hago caso: bogavante y cigalas en salpicón, erizos en paté, pulpo y calamares que parecen más menú de Santa Quiteria. Las zamburiñas medidas en medias raciones se revelan insuficientes y a las navajas aquí las llaman longeiras, lo que está bien traído.
Día segundo
El día amanece en calma, un poco tarde para la pareja de jubilados franceses que anteanoche naufragaron mientras intentaban entrar en el puerto de Malpica. Hoy se esperan vientos de fuerza 4, lo que viene a ser una brisa ligera («bonancible» señala la escala de Beaufort). La fuerza del viento está tan minusvalorada en las previsiones gallegas, como las medias raciones de zamburiñas en un menú sensato. La liturgia va de mártires: San Procopio, Santa Rufina; veremos que da de sí el paisaje de Bergantiños.
Mi destino es O Grove, en el desayuno he leído: «… por otro bando, el obispo Sisnando II le entregó al monasterio de San Martín Pinario la iglesia de San Vicente de El Grove, con sus tierras y habitantes…» y me deja estupefacto lo poco que sé de nombres de obispos. Luego me entero de que este Sisnando se apellidaba Menéndez y era del Padrón.
Sotavento es mucho más caluroso que barlovento. El alma gallega no es ni la indefinición ni la indiferencia, es la sorpresa. Decenas de camareros sorprendidos por el viento («no es normal»), otros tantos por el calor («no es normal»). Los carramarros se caen de los árboles y los mejillones son al vapor: no es normal.
Día tercero
Gustavo Flaubert en su diccionario recomendaba decir/pensar frente al mar que no tiene fondo, que es la imagen del infinito, y que provoca grandes pensamientos. A la orilla del mar, recomienda pensar en la necesidad de tener buena vista y en el momento de la contemplación decir siempre «¡Cuánta agua! ¡Cuánta agua!». Cuando llego me asomo a la ventana y digo: «¡Cuánta agua!».
Desde aquí veo un rosario de bateas que se alarga hacia el este ría adentro. Me suena haber leído sobre amontonamientos de conchas (a veces de tamaño descomunal) en yacimientos desde el paleolítico hasta épocas recientes. Miro las bateas y les digo a sus habitantes que ya mis abuelos se comían a los suyos y que no es nada personal. Luego, ya con el café hecho, leo en El Faro de Vigo «el mejillón gallego es un animal extremadamente fuerte y resistente, con enorme capacidad de adaptación a las condiciones ambientales», me quedo más tranquilo: una pelea justa.
En Galicia hay unas 3600 bateas, de ellas unas 2500 están aquí, en la ría de Arosa. Un 80 por ciento son mojojones, quedan el resto para ostra y vieira, un número asumible. Todo es estadística: por cada seis berberechos que me como mi acompañante consigue uno (aunque no paro de hablar).
El segundo plato plantea serias dudas éticas: ¿tienes a uno de los organismos más inteligentes del planeta frente a ti y te lo comes? Es como comerse a un chino, el que no lo entiendas y haga cosas raras pequeñas de plástico no parece suficiente motivo. Uno se siente muy culpable al comerse un pulpo y entonces pide rape, luego se imagina la cara solemne, inmensa y seria del rape y piensa que la gente inteligente no suele hacerse notar. ¿Y si el listo era el rape? Pedimos mejillones, se han terminado, los calamares no tienen fama de espabilados, caen calamares.
Salgo hacia la playa con intención de soportar un infierno y nos encontramos con una vivificante brisa marina, brumas atlánticas y señoras con rebequita. La zona dunar oculta nidos de chorlitejos patinegros, le explico a mi acompañante la dificultad de observarlos en estas condiciones, me dice que ya se ocupa y la veo alejarse por la playa. A los cinco minutos me hace gestos a lo lejos y me señala los chorlitejos, se quita la arena de los pies y dice que ya está y que nos podemos ir. Detesto a los ornitólogos aficionados.
Día cuarto
Son las seis y media de la mañana y el panorama es distinto, ayer el horizonte era un alarde de coros y danzas hoy un concierto de cámara de algún nórdico lento y triste. Ayer era domingo y los muchos mariscadores que veo desde la ventana estarían en misa. Espero a que haya un poco más de luz y hago fotos y café.
El marisqueo ofrece en esta faceta marismal una respuesta civilizada a los oleajes suicidas. La ciudadana almeja (fina, babosa o rubia) se enfrenta así al agreste percebe, lírica frente a épica. Pero desde Brecht sabemos que son malos estos tiempos, y por aquí hasta el berberecho declina. Sucede en la bruma que elabora un espacio íntimo donde el mundo parece una miniatura. Desde la ventana no distingo bien los movimientos ni el instrumental. Unos en zonas que la marea ha descubierto parecen inmóviles y dudo si son ellos mismos un arte de pesca, luego se incorporan y vuelven a inclinarse. Otros caminan por zonas aún sumergidas con unos largos palos y un enorme salabre, escarban entre las algas y arrastran una red.
Durante el resto del día le doy vueltas a los mariscadores. En una de las fotos un pescador se dispone a pasar la noche con unas líneas de nansas: santiaguiños, nécoras, bogavantes. Al fondo las bateas del oeste.
Al borde de la ría, en las zonas de arenales, se ven hileras de piedra que acotan espacios rectangulares. Suponía que tenían que ver con el asunto de los moluscos, pero no se me ocurría nada, incluso pensaba que podían ser estructuras abandonadas. Hoy he descubierto que se trata de fincas de engorde de almejas. En marea baja una cuadrilla de operarios y un par de tractores han limpiado la arena de algas, después han arado y han terminado con la siembra. Han aprovechado para reparar las líneas de demarcación. Más tarde entran unos agrimensores en la parcela contigua y han resuelto, cinta métrica en mano, lo que pareciera una cuestión de lindes.
Toda mi vida he oído lo de «almeja de carril» en la creencia de que o era una especie o bien un sitio. Pues no. Lo que veo desde hace una horas son tareas de mantenimiento de un carril y los que se dedican a ello son parquistas: «Los parquistas carrilexos cultivan 1.283 parcelas otorgadas a 656 productores […] para cumplimentar la producción, acondicionan el sustrato (arena) mediante la aportación de áridos, así como con limpiezas tanto de algas, fangos y depredadores […} obteniendo así captaciones del medio natural de berberecho y almejas autóctonas, en la proporción aproximada del 30% cumplimentando la producción con semilla procedente de semilleros». Esto lo he sacado de la web de una asociación de productores.
Por cierto, Carril también es un sitio: Santiago de Carril en Villagarcía, es lo que en teoría da nombre a las almejas, pero la etimología es más amplia, me gusta lo del surco y la marca de carro.
Es difícil no triunfar en cualquier evento si emborrachas a los participantes. Nos hemos apuntado a un pequeño paseo por la ría en un barquito que se acerca a las bateas y explica por encima el cultivo del mejillón. Al poco de sentarnos nos han puesto una botella delante (un churrillo de Cambados muy adecuado a las circunstancias), nos la hemos bebido, nos han puesto otra, también. Al final de la travesía las señoras subidas en las mesas bailaban como si no hubiera el futuro ese que no hay y sus propios gritaban ¡Otra, otra! Se referían al albariño.
No solo hay rutas del vino, sino que también hay certificados de ruta del vino, como si estuvieras en alguna ruta y te dijeras algo como «vale es una ruta, pero no creo que sea del vino y dudo mucho que de España», entonces la ruta te saca el diploma y te dice «¡eh! Aquí pone que soy una ruta del vino de España».
Día quinto
Aunque la primera impresión (que es siempre la buena) es que todo por aquí gira alrededor de ciertos invertebrados —rotondas con forma de nécora, iglesias decoradas con vieiras—, no debemos olvidar a un gran gallego, y no me refiero al eucalipto, hablo de don Ramón. En mis notas de los días del Apocalipsis anoté unos versos suyos: «Y en el corro de baturros / El gitano de los churros / Beatífica al criminal», poco más. Voy hasta su casa y me lo imagino aquí, o quizá mejor con su Rosa de sanatorio, o imaginar que en esta mesa escribió: «¿Quién me habla? ¿Sois voces del otro mundo? ¿Sois almas en pena, o sois hijos de puta?». Me afectan mucho las casas de escritores, no sé muy bien por qué, nunca tengo suerte, casi nunca han escrito allí, en una ocasión una amable guía ante mi sofoco de emoción intentó calmarme con un tranquilizador: «Bueno no debió escribir mucho, por aquí solo venía en vacaciones». Tras las vitrinas con primeras ediciones nos vamos a la capital del albariño y me pido unas cervezas. ¿Sois voces del otro mundo?
Día sexto
Al alba («la del alba sería cuando don Quijote…») observo los trabajos en uno de los ¿almejales? bajo la ventana. Añoro (ese sentimiento tan gallego) mi ventana. Entiendo que el campo de hierba de plástico que veo desde allí no permitirá montar un cultivo de berberechos ¿o sí? En un informe técnico del Gobierno Vasco (el 109) se analiza el proyecto piloto de ensayo de siembra de almeja fina en el estuario de Plentzia. Quizá deba proponérselo de buenas maneras a los propietarios del campo de fútbol, mis venerables vecinos de la Pía Sociedad de San Francisco de Sales. La almeja fina se da en fondos arenosos en zonas intermareales. Si el asunto del enloquecimiento climático sigue en sus trece la zona donde vivo es un espacio intermareal, cuando no submareal (zona en la que también se da la almeja fina). Hay esperanza. Salgo a la ventana dispuesto a fotografiar ganaderos acuáticos y exultante: hoy voy a comprar sardinas.
Me han prometido un recorrido por lo mejor de la salazón y la conserva gallega. Como aquel cantante que llevaba en la piel el sabor amargo yo llevo en la memoria los txitxarros en escabeche Ortiz (de lata grande) desaparecidos en combate y de los que todavía recuerdo una lata que encontré en Palencia hace ya ¿30 años?
Agujas en aceite, mojojones fritos, sardinillas, berberechos. Decía Vázquez Montalbán que la única aportación original a la civilización occidental de genuina raigambre española es el escabeche. Frente a los escabeches mesetarios de hace unos días, sorianos creo, de perdiz, liebre, codorniz o conejo, la jornada me promete ventrescas y cogotes, sardinillas, almejas (quizá de carril) o zamburiñas.
De todas las acepciones de peregrino (del latín peregrīnus: «en el extranjero»), solo la octava (en Cuba arbusto de las euforbiáceas, del que hay varias especies, que da flores rojas) parece razonable, hay otra que también me gusta: «extraño, especial, raro o pocas veces visto»; cosas de peregrino. s los caminos son de Santiago, en Coruña por ejemplo todo es parte del camino inglés, no hay calle, calleja, travesía, apartadero o plaza que no sea el camino inglés. Los polígonos industriales son el camino inglés; los centros comerciales, la ciudad universitaria, el aparcamiento de un restaurante de extrarradio son el camino inglés. Imagino una Coruña del siglo XII, atestada de ingleses y vikingos, de gentes rubias o pelirrojas, perdidos en las esquinas, sin saber si van bien para Compostela. Ningún rincón sin su peregrino inglés que obligue a un pequeño puerto pesquero a emerger él, su alfoz y su comarca como Camino de Santiago. Huyamos al fin de la tierra.
Día séptimo
La mañana ha amanecido metida en bruma. Ante la imposibilidad de observación de aves nos hemos dedicado a la observación de pescado fresco y a los paseos portuarios. Es el Carmen, han aparecido gaiteros y una banda de música, han tirado cohetes y engalanado los barcos. Por la tarde ha habido procesiones. Mañana partimos.